Espacio público

El espacio público está en el núcleo del funcionamiento democrático.

Habermas lo ha tomado de E. Kant, que es probablemente el autor, y ha popularizado su uso en el análisis político desde los años 70. Lo define como la esfera intermediaria que se constituyó históricamente, en la época de las Luces, entre la sociedad civil y el Estado. Es el lugar, accesible a todos los ciudadanos, donde un público se junta para formular una opinión pública. El intercambio discursivo de posiciones razonables sobre los problemas de interés general permite que se abra paso una opinión pública. Esta «publicidad» es un medio de presión a disposición de los ciudadanos para ir a la contra del poder del Estado. Pero Habermas considera que la aparición del Estado - providencia ha pervertido ese mecanismo de concertación democrática. Yo intento por el contrario, con otros autores, caracterizar y comprender el papel del espacio público en una democracia de masas. És decir, un espacio mucho màs amplio que antaño, con un número mucho mayor de temas a debate, un número mucho mayor de actores que intervienen pùblicamente, una omnipresencia de la información, sondeos, marketing y comunicación.

Se trata de un espacio simbólico donde se oponen y se responden los discursos, en su mayoría contradictorios, mantenidos por los diferentes actores políticos, sociales, religiosos, culturales, intelectuales, que componen una sociedad. Es, pues, ante todo, un espacio simbólico, que necesita tiempo para formarse, un vocabulario y unos valores comunes, un reconocimiento mutuo de las legitimidades; una visión suficientemente próxima de las cosas para discutir, oponerse, deliberar. No se decreta la existencia de un espacio público como se organizan unas elecciones. Se constata su existencia. El espacio público no depende del orden de la voluntad. Simboliza simplemente la realidad de una democracia en acción, o la expresión contradictoria de las informaciones, las opiniones, los intereses y las ideologías. Constituye el lazo político que une a millones de ciudadanos anónimos, dándoles la sensación de participar efectivamente en la política. Se puede voluntariamente instituir la libertad de opinión, la libertad de prensa, la publicidad de las decisiones políticas, pero esto no basta para crear un espacio público. Hay que recordar que el modelo democrático pluralista que, desde los años 80, es objeto de un consenso en Europa - como jamás Io fue en la historia - ha sido considerado entre 1930 y hoy, y sobre todo entre 1947 y 1977 - con el peso del marxismo, la guerra fría y las oposiciones ideológicas - como un concepto «de derechas». Se oponía la democracia «formaI» burguesa a la democracia «real» más o menos socialista. Y en esta agria batalla ideológica, nadie hablaba del espacio público. Las palabras que dominaban en el vocabulario político eran: poder, conflictos, contradicción, intereses de clase, alienación, ideología.

El espacio público supone, por el contrario, la existencia de individuos más o menos autónomos, capaces de tener sus propias opiniones, no «alienados por los discursos dominantes», que creen en las ideas y en la argumentación y no solamente en el enfrentamiento físico. Esta idea de construcción de las opiniones por medio de las informaciones y los valores, y después de su discusión, supone también que los individuos sean relativamente autónomos respecto a los partidos politicos para tener su propia opinión. En una palabra, con el concepto de espacio público lo que se impone es la legitimidad de las palabras frente a la de los golpes, la de las vanguardias y la de los sujetos de la historia. Es la idea de una argumentación posible contra el reinado de la violencia liberadora, la idea de un reconocimiento del otro y no su reducción al estatuto de «sujeto alienado». Pero el espacio público se ha convertido en una palabra de moda por una razón diferente, menos política que sociológica, reforzándose ambas, y enlazadas una con otra. El espacio público es también el resultado del movimiento de emancipación consistente en valorar la libertad individual y todo cuanto es público, contra lo que era «privado», identificado con las prohibiciones de antaño y con las tradiciones. Defender Io privado era, a fin de cuentas, defender las normas, las convenciones, las tradiciones: era ser conservador. Se ha producido un encuentro entre dos movimientos relativamente diferentes: el que estaba a favor de la libertad individual y en consecuencia de una cierta capacidad a anunciar públicamente lo que se es, y el movimiento democrático, que también favorecía la idea de publicidad contra la de lo secreto y lo prohibido. Por ambos lados se valorizó lo que era «público».

Hay que distinguir el espacio común, el espacio público y el espacio político.

El espacio común es el primer espacio. Lo simbolizan los intercambios comerciales, con el equivalente universal de la moneda como medio de compensar la heterogeneidad de las lenguas. Pero todo el mundo sabe también que con el comercio - como demostraron Venecia, la Liga hanseática, y antes los armenios, los fenicios y muchos otros - no solamente se intercambian bienes y servicios, sino también signos, símbolos, que progresivamente tejen un espacio de familiaridad, y hasta de seguridad. La palabra «común» aparece en el siglo IX, procede del latín communis y está ligada a la idea de comunal y de comunidad. Un espacio común es a la vez físico, definido por un territorio, y simbólico, definido por redes de solidaridad.

El espacio público es al principio un espacio físico: el de la calle, de la plaza, del comercio y de los intercambios. Sólo a partir de los siglos XVI y XVII ese espacio físico se vuelve simbólico con la separación de lo sagrado y lo temporal, y el progresivo reconocimiento del estatuto de la persona y del individuo frente a la monarquía y el clero. Este movimiento ocupa fácilmente dos siglos. Es, en efecto, la definición de lo privado la que, en contrapunto, permite al espacio público dibujarse y asentarse. La palabra público aparece en el siglo XIV, del latín publicus: lo que afecta a «todo el mundo». Público remite a «hacer público», a publicar, del latín publicare. Esto supone una ampliación del espacio común y la atribución de un valor normativo a cuanto es accesible a todos. En el paso de lo común a lo público, se lee lo que será más tarde la característica de la democracia, a saber, la valorización del número de personas; el complemento, en cierto modo, del principio de libertad.

El espacio público es evidentemente el lugar de nacimiento del espacio político, el màs «pequeño» de los tres espacios en el sentido de lo que circula por él. En este espacio no se trata de discutir ni deliberar, sino de decidir y actuar. Siempre ha habido un espacio político. Simplemente, la especificidad de la política moderna democrática reside en la ampliación del espacio político, a medida que prosigue el movimiento de democratización. La palabra surge entre los siglos XIII y XIV, y viene del latín politicus, que toma de la palabra griega politike la idea esencial del arte de administrar los asuntos de la ciudad. Existe entonces no sólo un reto suplementario con relación al espacio público, que es el poder, sino también un principio de clausura más estricto ligado a los límites territoriales sobre los que se ejercen la soberania y la autoridad.

Para simplificar: el espacio común afecta a la circulación y la expresión; el espacio público, a la discusión; el espacio político, a la decisión. ¿ Por qué insistir en la diferencia de naturaleza de estos tres espacios, que naturalmente son sincrónicos en el funcionamiento diario? Porque esto permite reintroducir el fenómeno esencial del tiempo, en el paso de lo cormún a lo público y de lo público a lo político.